SOY UN INÚTIL; Un relato de Jorge Bayly.

Para un hombre recio y hábil, apto para las tareas manuales, que se pinche un neumático es un problema menor que resolverá en pocos minutos. No es mi caso ciertamente. No soy un hombre recio, hábil ni apto para los trabajos manuales. Soy un inútil. Soy un hombre delicado. Soy una señora.


Eran las once de la noche cuando salí del canal de televisión conduciendo una camioneta negra de fabricación alemana por un barrio desangelado y pobretón en la periferia de la ciudad. Me detuve a dejar latas de comida a unos gatos callejeros, les hablé con diminutivos en el antiguo lenguaje del amor, subí a la camioneta y reanudé la marcha. Si no había obras en la autopista, ni un accidente, llegaría a casa una hora después, hacia la medianoche.

De pronto, el hilo delgado e invisible de la felicidad se rompió, como si mis enemigos me hubiesen tendido una emboscada. La vida humana, o mi vida humana, es la reiteración predecible de unos hábitos más o menos sosegados que componen la rutina, y de la observancia a esa rutina se desprende algo parecido a la felicidad. Hasta que algo ajeno a nuestro control y nuestra voluntad quiebra el hilo invisible de la felicidad, interrumpe la placidez de la rutina y nos asalta con saña, perfidia y mala leche.

Al advertir que la camioneta temblaba y avanzaba con dificultad, una rueda delantera haciendo un ruido extraño, pedregoso, y al ver las alarmas amarillas que se encendieron en el tablero electrónico informándome con estridencia de que un neumático tenía una crisis de aire, comprendí que una goma delantera se había estropeado. Angustiado, me detuve, bajé y comprobé que una llanta estaba baja, totalmente baja.

Para un hombre recio y hábil, apto para las tareas manuales, que se pinche un neumático es un problema menor que resolverá en pocos minutos. No es mi caso ciertamente. No soy un hombre recio, hábil ni apto para los trabajos manuales. Soy un inútil. Soy un hombre delicado. Soy una señora. No sé cambiar un neumático, nunca he cambiado uno. En mi caso, ver la rueda perforada, desinflada, es una tragedia, una crisis terrible, un problema grave, gravísimo. Consciente de mis patéticas limitaciones, me propuse manejar hasta la gasolinera más cercana, a ver si alguien se compadecía de mí y me ayudaba a cambiar la llanta. Cuando llegué a la estación de servicio, la camioneta avanzaba a duras penas, lentamente, y el caucho desinflado la hacía temblar y ladearse a la derecha.

Había una máquina de aire para inflar ruedas pinchadas, pero se activaba con monedas de veinticinco centavos, así que le pedí al cajero que me cambiase un billete por monedas, pero el joven me dijo que no podía hacerlo porque ya había cerrado la caja. En ese momento pensé que hacía muchos años dejé de llevar monedas de veinticinco, diez, cinco centavos. Antes llevaba un monedero de cuero, ya no lo hago más. Eché en falta las benditas monedas. Quise activar la máquina de aire con mi tarjeta de crédito, pero no lo conseguí. Derrotado, humillado, pensé en rendirme, llamar a un taxi y dejar la camioneta allí mismo. Sin embargo, tuve suerte. Un hombre de acento venezolano, chofer de taxi, me reconoció de la televisión, se acercó amablemente y me ofreció ayuda.

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