La decadente y ramplona televisión abierta chilena transmitió por primera vez el premiado documental “La Batalla de Chile”, del cineasta Patricio Guzmán. Lo hizó La Red, que está intentando hacer y entregar contenidos periodísticos de calidad y con aceptables estándares profesionales y éticos. La constatación del hecho nos resulta difícil de creer: esta obra audiovisual, que registró magistralmente los últimos meses de la Unidad Popular desde octubre de 1972 hasta septiembre de 1973, fue estrenada en 1975 y desde entonces obtuvo el reconocimiento mundial. Con todo lo que implicó adentrarse y registrar todo tipo de reuniones, asambleas y acciones, desde las realizadas por la élite empresarial hasta aquellas de los obreros y campesinos, por cierto, sectores proletarios que se expresaban claramente, hablando bien, con contenido y convicción.

Ha sido considerada entre las 10 mejores películas políticas y también entre los mejores documentales de la Historia. Ha recorrido el planeta y su director se ha convertido en un personaje del cine mundial. No obstante, en Chile nunca se había transmitido hasta ahora por televisión y, aunque parezca increíble, recién en 1997 se estrenó en el cine, siete años después del fin de la Dictadura.
Mención aparte merece detenerse en los diálogos y entrevistas que sostenían los dirigentes y trabajadores que adherían al “poder popular”, se expresaban con total claridad y con contenido. Decían que ellos querían aportar y trabajar, de esa forma se mejoraba el país y se apoyaba también al compañero Presidente. Sin duda en esa época no existían los flaites, esos delincuentes de hoy, violentos y mal hablados.
En las innumerables entrevistas que ha dado Patricio Guzmán, es notoria su incomodidad y amargura con este Chile que lo expulsó como exiliado hace casi 50 años. Casi toda su obra tiene como temáticas, desde distintas perspectivas, a nuestro país y a la memoria. Su brillante obra, entre las que sobresalen; “Nostalgia de la Luz”, “En nombre de Dios”, “Chile, la memoria obstinada”, y “El botón de Nácar”, es un permanente intento, siempre reflexivo y poético, de registrar voces, momentos y sentimientos para que el olvido no gane la batalla. Para que el arte también cumpla la función de archivo y registro, de modo que podamos reconstruir y visitar nuestra potente historia colectiva reciente. La obra de Patricio Guzmán es, además, importante fuente para la Historia. “La Batalla de Chile”, por lejos el documental más trascendente de nuestra cinematografía, registró como ninguna otra acción humana el lento e inexorable tránsito hacia el Golpe Militar de 1973. Ahí radica parte de su genialidad y de su paradoja: su propósito era dar cuenta de un proceso revolucionario, pero si se lee desde otra vereda podría decirse que lo que en realidad muestra es su derrota. No por casualidad una de sus tres partes se titula “La insurrección de la burguesía”. Gracias a ese trabajo sistemático ha sido posible retener hasta estos días el masivo proceso de movilización popular durante el periodo, con especial énfasis en lo que se llamó la creación del “poder popular” tal como el modo en que lentamente fueron volviéndose adversas las circunstancias para el gobierno de Allende.
Con todos estos logros y palmarés, resulta inconcebible que hasta el día de hoy “La Batalla de Chile” no haya llegado hasta los hogares del país. El hecho que una obra sea reconocida a nivel mundial y, al mismo tiempo, silenciada aquí no puede sino atribuirse a un acto de censura tácita, ejecutada por acción u omisión en plena democracia. No se trata de estar de acuerdo o en desacuerdo con el punto de vista de la obra -ambas cosas legítimas- sino de que el público chileno conozca una de las obras cumbres de su cine.
