DESCIFRANDO EL PÉNDULO

Mistral

Por Enrique Morales Mery.

Desde 2006 nuestro país vive una alternancia pendular entre izquierda y derecha. Sin embargo, las dos últimas elecciones trasladaron el péndulo hacia opciones menos moderadas.

Las opciones son más identitarias y menos transaccionales; ambas además se disputaron la hegemonía respecto a nuestras bases en los fallidos procesos constitucionales.

Todo esto demuestra un giro hacia otros horizontes que no encuentran sentido en el clivaje propio del plebiscito de 1988, el profundo sentido de las reformas graduales.

El clivaje del plebiscito para recuperar la democracia se agotó cumpliendo absolutamente su función y apelar a ello es improductivo.

El problema actual es que ese eje integrador no ha sido canalizado hacia otro que permita traducir y comprender la serie de conflictos multidimensionales y superpuestos que enfrenta nuestro país.

La desigualdad, la corrupción, el reconocimiento de diversas identidades, la creciente desconfianza en las élites y los abusos generan un relato disperso, no articulado desde un proyecto común o un consciente futuro compartido.

La democracia se consolida desde una posición reactiva, sin relato deliberativo cooperador y desde ahí más centrada en ejercer juicios diferenciadores que apuntan a los oponentes, a la contingencia y a la adversarialidad inmediata.

SIGUE PRESENTE EL PÉNDULO

El péndulo no desaparece, pero cambia de naturaleza. Ya no es un mecanismo de ajuste moderado, sino una reacción emocional y política frente a la frustración.

Esto explica que la alternancia reciente haya empujado hacia una nueva izquierda que cuestionaba el orden heredado y hacia una derecha conservadora que interpela al progresismo cultural.

Ello no ha implicado la radicalización de la sociedad chilena como un todo, tampoco ha generado un regreso a polarizaciones ideológicas clásicas como en los sesenta y setenta del
pasado siglo.

Lo que tenemos es una polarización reactiva que actúa no por adhesión o sentido de pertenencia sino por rechazo al adversario; esto traslada los problemas al otro y lo hace sin interlocución, sin validación deliberativa.

Las puertas hacia la moderación son vistas como debilidad, como falta de carácter y lo que se va diluyendo es lo cívico en su sentido fundamental.

La narrativa integradora no existe y las funciones de intermediación y articulación política no están siendo consideradas.

La transición ha sido superada desde su perspectiva histórica y generacional y sin la sobrecarga ideológica de su contexto.

La fragilidad naciente es por la inexistencia de un pacto democrático y social que acompañe la ruta post-recuperación democrática.

La razón y práctica prudencial, la democracia de los acuerdos, el gradualismo reformista, la lealtad cívica democrática y la consiguiente conciencia de todo riesgo autoritario se han debilitado.

Nuestra experiencia actual, lo contingente y urgente de la inmediatez, se vive desde otras necesidades, desde otras experiencias existenciales.

La democracia post-dictadura era un logro frágil que requería consensos y hoy es más bien un instrumento exigible, evaluado por su capacidad de resolver problemas inmediatos.

Chile no está condenado a una polarización destructiva e irreversible, pero sí debe enfocarse en reconstruir un marco común que permita conciliar los valores que guiaron la recuperación democrática con aquellos que han surgido a partir de los nuevos desafíos que la heterogeneidad de los nuevos espacios públicos ofrece.

Alternancia debe volver a ser integradora y no meramente refundacional, negativa o reactiva; de lo contrario el péndulo seguirá oscilante.

 

 

 

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