Yo soy el Individuo… a más de dos años de partir

El 23 de enero de 2018 murió el genial poeta chileno Nicanor Segundo Parra Sandoval a los 103 años. Me enteré temprano, por mi amigo José “Pepe” Muñoz (tiruano de corazón), y me pareció imposible, como si me hubieran dicho: “Acaba de desaparecer el universo”. Estuve con Parra una sola vez, en su casa de Las Cruces, casi una hora de conversación, después de mucho bregar y gestionar nos dio una entrevista (no le gustaban mucho), yo fui como novel periodista de la Radio Chilena de Santiago. Don Nica tenía 83 años y me impresionó que existiera: que esa tremenda leyenda grabada en roca fuera de verdad un hombre, de carne y hueso. Los poetas en algún momento se mueren y en un siglo varios dejan este mundo terrenal, sin embargo, los anti poetas fallecen una sola vez, obvio; el único anti poeta fue don Nicanor.

A la edad en que muchos se lanzan al mundo a recoger fama y prestigio, él se había hecho anacoreta, instalándose en ese pueblo costero sin grandes singularidades. Después, cada vez que leía o escuchaba algo de él, me preguntaba; ¿pero don Nicanor aún nos acompaña?. Era fuerte, potente, en muchas formas blindado, semi serio, muy inteligente. Siempre me pregunté cómo sería cuando estaba solo. Habitaba un territorio que estaba más allá de la rabia, de la inteligencia, de la reflexión, de cualquier ternura.

Tenía el talento de la furia, el ojo de lince, el don de la insolencia apropiada, la “chispeza chilensis”. Nadie que no haya sido un visionario hubiera podido escribir lo que escribió en ese Artefacto de 1972, “la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”, que resume tanta política de hoy. Aquella vez salimos a un balcón que daba al mar y a un jardín silvestre. Él dijo: “Este jardín se cuida con el método inglés: no hay que tocar, no hay que regar”. Y después: “¿Les conté la historia de la huiña? Acá apareció la huiña. Era arisca, hostil, desconfiada, no se acercaba. Pero un día decidió que yo era su amigo. Y se acercó demasiado y la pude tocar.

Al otro día estaba muerta. A esa huiña de campo le molestó que yo la tocara. Se sintió… desvirgada”. La huiña es un gato salvaje, huidizo, un trozo de vida que no admite dominio. Parra lo sepultó en ese jardín que nos mostraba. A él lo velaron un miércoles en la catedral de Santiago —que es como velar a un tigre en un parvulario— y lo enterraron el jueves en el jardín indómito de su casa de Las Cruces.

Allí, en Las Cruces, se quedó en abril de 2012 mientras a 11.000 kilómetros de distancia, en Alcalá de Henares, uno de sus nietos regalones recogía en su nombre el Premio Cervantes. El abuelo, cuya edad no era la más indicada para un viaje transatlántico, había pedido una prórroga para pergeñar un discurso “medianamente plausible”. Eso sí, ya estaba manos a lo obra: su mesa estaba llena de libros sobre el autor del Quijote con los pasajes más importantes marcados con bolsitas de té.

Esa antisolemne mañana de abril en el paraninfo de la universidad alcalaína, mezclada entre las autoridades civiles y militares, estaba la cantante Patti Smith, que había llegado a la devoción por Nicanor Parra desde la que sentía a su vez por éste, el novelista Roberto Bolaño, el escritor latinoamericano más influyente de las últimas décadas. “Escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”, dijo el autor de Los detectives salvajes de su viejo compatriota. Más bien, a ser electrocutado después de electrocutar al lector: “Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa. / Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo si bajan / echando sangre por boca y narices”, escribió en un poema de 1962 incluido en Versos de Salón.

Años antes, en 1954, había publicado un libro para el que barajó varios títulos —Material de Lectura, Oxford 1950, Veinte años y un día— pero cuya denominación final marcaría el resto de su obra: Poemas y antipoemas. En él, como avisaba su autor, no aparecían palabras como arcoíris, dolor o Torcuato. Sillas y mesas, sí. También había prosaísmo, humor, ironía, quiebros, chistes (buenos y malos), poesía que no quería serlo.

Después de estrenarse en 1937 como poeta con un Cancionero sin nombre de aires lorquianos, el
Parra antipoeta era una piedra seca de prosaísmo anglosajón en el verboso estanque afrancesado
de la poesía hispana. No en vano, entre 1949 y 1951 había estudiado cosmología en Oxford
después de especializarse en Mecánica Avanzada en la Universidad de Brown, después de
obtenida la famosa Beca Fulbright.

Licenciado en Física y Ciencias Exactas, durante 30 años fue profesor de Física en la escuela de ingenieros de la Universidad de Chile y en 1973, año del golpe de Pinochet, engrosó el mítico Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Matemáticas de la universidad laica. Allí coincidió con el también poeta Enrique Lihn, con el que dos décadas antes, y junto a Alejandro Jodorowsky, había fundado el periódico mural El Quebrantahuesos. Aquel departamento se convirtió durante la dictadura en un reducto de pensamiento libre. Obras como Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui (1977) o Chistes para Desorientar a la Policía/Poesía (1983) fueron la respuesta a un tiempo, el de pinochetismo duro, que Parra sobrellevó confundiendo su voz con la de un supuesto loco: Domingo Zárate Vega, llamado el Cristo de Elqui, un famoso predicador callejero de los años treinta y cuarenta.

Después de la desaparición terrenal de Don Nica, volví con mi esposa e hija Trinidad a esa mítica casa, frente a la playa, todo el pueblo sabe donde queda. Obvio, era su vecino ilustre, afamado internacionalmente. Había muchas flores en el antejardín, poemas suyos escritos por niños y viejos; también estaba su fiel escarabajo celeste… todos en Las Cruces tenían alguna anécdota o un simple recuerdo de este genio creativo, de este viejo- joven. El creador de la Antipoesía y del surealismo fue, además de un embutido de Angel y Bestia; un revolucionario y creacionista a carta cabal !¡

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